Y yo que nunca aprendo la lección! Nuevamente volví a golpearme con la misma piedra. Me enamoré nuevamente como una tonta. Vino hacia mí con una serie de cuentos y caí redondita. Lo peor de todo es que no desconfié para nada...
LLegó desde tierras lejanas como un príncipe en su caballo blanco diciendo que me amaba desde la infancia y yo en ese momento me encontraba en mi torre, recuperada de mi antiguo desamor pero todavía indefensa, con una gran necesidad de ser amada, valorada. Luego de dos fracasos amorosos vino a buscarme cuando supo que ya estaba finalmente liberada de las cadenas de un largo compromiso. Me contó su vida, sus dos erradas relaciones que dejaron 3 frutos de los que se hacía directamente cargo, de la incomprensión que había tenido, de la soledad que había pasado. Luego, me sorprendió con su declaración inesperada, que la que habla le había gustado desde el colegio, que siempre había estado en su pensamiento, que lo acompañaba en sus idas y venidas por la vida, en alguna melodía cuando escuchaba la radio. Con una personalidad arrolladora que derrochaba seguridad supo ilusionarme diciéndome que ya había logrado la estbilidad financiera que todo hombre espera y que sólo deseaba una compañera con quien compartir su vida, que le gustaría envejecer conmigo, y que lamentaba no haber sido yo la madre de sus hijos. Con sus palabras dulces, supo conquistar mi corazón, llegar a lo más profundo de mi ser haciéndome creer en mil y una promesas hasta el matrimonio, que era algo que en realidad yo no consideraba-porque salìa de un matrimonio fallido- pero sí ansiaba una vida familiar. Allí debí sospechar, la euforia era tal de sentirme "amada, considerada, magnificada" que no me permitía ver lo que se avecinaba. Padecía una ceguera extrema mientras mi autoestima estaba en la cúspide. Convinimos en comunicarnos con mayor frecuencia porque mi interés y creí que el suyo también, era conocernos, fortalecer es relación que comenzaba. Le escribía cartas largas a las que respondía con breves palabras y siempre con la promesa de que haría más. Luego, en la distancia, las llamadas y los mensajes se hicieron cada vez menos frecuentes. Los pretextos se daban una y otra vez y mi toleracia y mi paciencia los justificaban. Pero llegó el momento en que mi salud emocional entró en juego y empezó a sufrir de angustias, ansiedad con tantos desaires, decepciones y faltas de interés de su parte. Fue el momento donde en una carta larga y bien pensada le pregunté sobre las expectativas de nuestra relación, que esta situación me afectaba emocionalmente, que no me sentía querida y porque me respetaba a mí misma exigía lo mismo de él para mí, que podía safrificar todo el amor que sentía por mi tranquilidad. Su respuesta fue lacerante como una daga que atravieza el corazón, desconcertante, sorprendente que lo reflejaba de cuerpo entero, su sentir su pensar. Parecía como si hubiera estado esperado mi reacción para que en base a ella diera su respuesta. Simplemente aceptó mi decisión, así fríamente, so pretexto que su vida era difícil y que no podía dividirse en tres y complacer a todos, y me sorprendió más aún que dijera que hacía tiempo ya había aprendido a vivir sin mí. Y yo que estaba estúpidamente ciega.
Algo bueno hay que rescatar, aprender del error, pues. El que no lo hace no se equivoca pero tampoco aprende. Para aprender del error hay que conocer su causa. Luego la reacción con la realidad impedirá que el error se convierta en hábito. El problema para detectarlo es que la evidencia no es inmediata. Aprender del error es detectar la diferencia entre lo que es y lo que debería ser, entre el deseo y el logro y aprovechar ese desvío como desafío y como comienzo del aprendizaje. Sé que me equivoqué, pero por momentos tengo todavía la sensación del amor, de la frustración, del odio, de la nostalgia y esto se repite, se repite. De verás que duele y mucho.
domingo, 6 de septiembre de 2009
Suscribirse a:
Entradas (Atom)